Las que creen en si mismas, deciden su destino paso a paso, se marcan objetivos, asumen sus responsabilidades, aprovechan las oportunidades que les da la vida y luchan por conseguirlas.
Y luego están las que creen en Dios, les alivia no tener que asumir las responsabilidades de sus decisiones, creen que su destino lo marca ÉL y por lo tanto lo dejan en sus manos, se dejan llevar.
y luego estoy yo, en limbo.
Me encantaría creer en Dios, como cuando era pequeña.
Me iba a la cama a llorar un rato antes de dormirme, y le hablaba mirando al techo. Le decía que por favor, que hiciera algo por cambiar las cosas.
Con el paso del tiempo dejé de creer en él, por el mismo proceso mental en que dejé de creer en los unicornios, la magia o los duendes. El cerebro madura y adquiere su capacidad de razonar, dejando a un lado las explicaciones mágicas.
Pero me hacen tanta falta. Siempre he pensado que creer en dios es tener un psicólogo gratuito. Qué suerte tienen las personas con fe. Sentir que no están solos en el mundo, que alguien les protege, que alguien en otro mundo repartirá la justicia que tanta falta hace aquí, que hay una esperanza de una vida mejor, que Dios decide nuestro destino basándose siempre en nuestro bien... Ojalá pudiera yo creer todo eso.
Sí, se podría decir que el creer en Dios es un consuelo, un consuelo muy idealizado e inexistente (a mi parecer)
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